07.21.09

Un salto a ninguna parte

Publicado en Lecturas a 7:11 pm por posdata

Por Tom Wolfe

  • La epopeya espacial en la mirada cáustica del escritor estadounidense Tom Wolfe.

The New York Times y Clarín. 21 de julio de 2009.

moonwalkFue un pequeño paso para Neil Armstrong, un salto gigantesco para la humanidad y un rodillazo en la ingle para la NASA. El programa espacial estadounidense, el esfuerzo más grande — ¿puedo agregar “digno de un dios”? – en la historia del mundo, murió a las 22:56, hora de Nueva York, el 20 de julio de 1969, cuando el pie del Comandante Armstrong, de la Apolo 11, tocó la superficie lunar.

Como más de un joven de la época sentí fascinación por los astronautas. Si alguien me hubiera dicho en julio de 1969 que el ruido del pasito de Neil Armstrong sumado al paso enorme de la humanidad eran solo el ruido de los sepultureros arrastrando los pies junto a la tumba, habría desviado los ojos y sacudido la cabeza.

¡Bueno, mandar el hombre a la Luna fue apenas el preludio! La Luna no era más que un satélite de la Tierra. La gran aventura sería la exploración de los planetas… Hacía tiempo que la NASA tenía todo preparado para enviar hombres a Marte empezando por vuelos cercanos al planeta en 1975. Wernher von Braun, el científico de los cohetes alemanes que se pasó a nuestro bando en 1945, había diseñado un proyecto piloteado a Marte desde el momento en que llegó. En 1952 publicó su Proyecto Marte en una serie de artículos para la revista Collier. Causó sensación. Teniendo en cuenta el triunfo del Proyecto Apolo, Marte vendría a continuación. Lo único que la NASA y von Braun necesitaban eran las bendiciones del presidente y la gran aventura sería realidad.

Sin embargo, tres meses después del alunizaje, en octubre de 1969, empecé a dudar… Yo estaba en Cabo Kennedy, el centro de lanzamiento del programa espacial, en un autobús visitando la NASA. El maestro de ceremonias del autobús era un hombre alto y apuesto de casi 40 años… y un tronco para contarles a los turistas del tour lo que estaban viendo.

Tan malo era que al final de la visita lo abordé. Desde luego, no había venido a la Tierra para ese trabajo. Era un ingeniero que hasta hacía muy poco tiempo había sido experto en protección térmica en la NASA. Se había iniciado una ola de despidos y su puesto fue eliminado. Era tan grave la situación que se sentía afortunado de haber encontrado esa changa. Neil Armstrong y sus dos compañeros de tripulación, Buzz Aldrin y Mike Collins seguían de gira triunfal por el mundo… mientras que ahí, el equipo irreemplazable de la NASA de científicos espaciales estaba disolviéndose.¿Cómo podía pasar algo así? A la distancia, la respuesta es obvia. La NASA había desestimado reclutar filósofos. A partir de que los soviéticos lanzaron la Sputnik I en órbita alrededor de la Tierra en 1957, todos, desde el Presidente Eisenhower, Kennedy y Johnson para abajo vieron la así llamada carrera espacial como una sola cosa: una justa militar. Al principio hubo temores de que los soviéticos tomaran “territorio estratégico” del espacio. Ya estaban ahí —¡encima de nosotros! Podían lanzar rayos cuándo y dónde quisieran. ¡Boom! Ahí va Bangor… ¡Boom! Ahí va Boston… Nueva York… Baltimore… Denver… San José — ¡todas voladas! – como si nada.

Los físicos se apresuraron a señalar que nadie elegiría el espacio como lugar desde el cual atacar la Tierra. La nave espacial, el misil, la Tierra misma, además de la rotación de ésta, viajan a velocidades violentamente distintas en planos geométricos violentamente distintos. Entrarían en el famoso “problema de tres cuerpos” etc. Además los cohetes que habían puesto en órbita las naves tripuladas de cinco toneladas de los soviéticos eran dignos de tener en cuenta. Tenían potencia como para llegar a cualquier lugar de la Tierra con ojivas nucleares.

Pero no fue eso lo que pensó el Presidente Kennedy cuando convocó al administrador de la NASA, James Webb, y a su adjunto, Hugh Dryden, en abril de 1961. El presidente estaba deprimidísimo. No paraba de decir: “Si alguien pudiera decirme cómo alcanzarlos. Busquemos a alguien – a quien sea… No hay nada más importante”. Alcanzarlos era su obsesión. Nunca mencionó los cohetes.

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Dryden dijo que, francamente, no había forma de alcanzar a los soviéticos en cuanto a vuelos orbitales. Mejor sería anunciar un programa de choque de la magnitud del Proyecto Manhattan, que había producido la bomba atómica. Solo que el objetivo esta vez sería mandar un hombre a la Luna en los siguientes 10 años. Apenas un mes después Kennedy pronunció su famoso discurso ante el Congreso: “Este país debe comprometerse a alcanzar el objetivo, antes del fin de esta década, poner al hombre en la Luna y traerlo otra vez a la Tierra”.

De manera intuitiva, Kennedy había elegido otra forma de justa militar, extrañamente arcaica. Se llamaba “combate individual”. El combate individual más famoso fue el de David contra Goliat. Antes de que los ejércitos enemigos chocaran en combate, cada bando enviaba a su “campeón” y los dos luchaban a muerte, en general con espadas. El ganador le cortaba la cabeza al perdedor y la blandía por los pelos. Dos milenios después, el clima mental de la carrera espacial era ese. Los detalles del combate individual diferían. Cosmonautas y astronautas no se decapitaban entre sí. Lo que hacían los bravos campeones de cada lado era arriesgar sus vidas en cohetes, mientras sus compañeros en tierra tiraban de la espoleta y los disparaban al espacio.Los soviéticos enseguida sacaron ventaja. Fueron los primeros en poner un objeto en órbita alrededor de la Tierra (Sputnik), un animal en órbita (una perra), un hombre en órbita (Yuri Gagarin). Cuando la NASA terminó de poner a dos astronautas en vuelos suborbitales de 15 minutos a las Bahamas — ¡las Bahamas, 15 minutos!–, los soviéticos pusieron un segundo cosmonauta en órbita. Permaneció allí 25 horas y dio vuelta al globo 17 veces. ¡OK, los dioses habían mostrado su favoritismo!

A esa altura, el clima mental de la carrera espacial con cohetes de los ‘60 y el combate con espadas se parecían tanto que cabía preguntar: ¿la bestia humana cambia o sólo sus artefactos? Cada vez que uno agarraba el diario leía titulares con la frase BRECHA ESPACIAL… Los soviéticos habían producido una generación de genios científicos – mientras nosotros dormíamos, gordos y satisfechos. Los educadores empezaron a tirar al diablo programas escolares en cuanto Sputnik subió, introdujeron la Nueva Matemática e hicieron énfasis en la Teoría de la Autoestima.

Por fin en febrero de 1962 la NASA consiguió poner un hombre en la órbita terrestre, John Glenn. Es necesario haber vivido en esa época para comprender la reacción del país. Estuvo arriba solo cinco horas, en comparación con las 25 de Titov pero era nuestro… ¡protector! Contra todo lo esperado, había arriesgado su pellejo por… ¡nosotros! John Glenn nos curó.Antes de su desfile por Broadway nunca se habían oído tantos vítores. Policías irlandeses grandotes, clásicos de Nueva York, salieron a las esquinas lagrimeando. Después empezó la serie de vuelos de Gemini con dos hombres.

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Con Gemini, nos atrevimos a preguntarnos si no estaríamos acercándonos quizás a los soviéticos en ese combate individual. Pero contuvimos la respiración, temerosos de que el anónimo Jefe de Diseño soviético pudiera vencernos de nuevo con alguna hazaña inimaginable. Por supuesto, la CIA difundió informes de que los soviéticos estaban al borde de un viaje a la Luna.La NASA ingresó en el mayor programa de choque de todos los tiempos: Apolo. Lanzó cincomisiones lunares en un año, de diciembre de 1968 a noviembre de 1969. Con Apolo 11 por fin ganamos la carrera, pusimos un hombre en la Luna antes del fin de esa década y lo trajimos de vuelta.Todos, incluido el Congreso, fueron presa de la fiebre de adrenalina. Pero resulta que a la mañana siguiente los congresistas empezaron a preguntarse algo que no surgía desde el discurso de Kennedy. ¿En qué consistía esa cuestión del combate individual? Ellos no usaron esa expresión). Había sido una batalla por el espíritu interior y la imagen externa. De acuerdo, ganamos pero no tenía ninguna relevancia militar táctica. Y había costado una fortuna, cerca de US$ 150.000 millones. ¿Y eso de mandar el hombre a Marte y toda la música? Más de lo mismo, pensándolo bien. Qué visionario… pero, ¿por qué no hacemos como Scarlett O’Hara y lo pensamos mañana?

El presupuesto anual de la NASA cayó de US$ 5.000 millones a US$ 3.000 millones en los ‘70. Y en ese momento, tan luego, la falta de un equipo de filósofos en la NASA pasó a ser un verdadero problema. Sucede que la NASA tenía un solo filósofo, von Braun. Hacia el final de su vida, él sabía que se moría de cáncer y se volvió muy contemplativo. Yo lo oí en una cena en su honor en San Francisco. Planteó qué cosa era en verdad el programa espacial.Dijo algo así: Aquí en la Tierra vivimos en órbita alrededor del Sol, una estrella ardiente que algún día se quemará, con lo cual nuestro sistema solar se volverá inhabitable. Por lo tanto, debemos construir un puente a las estrellas porque somos las únicas criaturas sensibles del universo. ¿Cuándo empezamos a construir ese puente de estrellas? En cuanto podamos y este es el momento. Por desgracia, la NASA no podía presentar como vocero y gran filósofo a un ex alto miembro de la Wehrmacht nazi. Por consiguiente, el programa espacial lleva 40 años matando el tiempo con una serie de proyectos orbitales… Skylab, la misión conjunta Apolo-Soyuz, la Estación Espacial Internacional y el trasbordador espacial. Estos programas requirieron un nivel de ingeniería comparable a los programas tripulados que los precedieron. Pero su objetivo ha sido principalmente mantener encendidas las luces en el Centro Espacial Kennedy y el Centro Espacial Johnson de Houston. En rigor, el programa del trasbordador estaba pensado para atraer al público con viajes para turistas pero terminó en el desastre del Challenger.

¡Cuarenta años! Todos en la NASA saben desde hace 40 años que el siguiente paso lógico es una misión tripulada a Marte y cada propuesta ha sido bien recibida solo brevemente por los presidentes. Tienen tantos proyectos espectaculares que podrían usar mejor los casi US$ 10.000 millones anuales que requeriría el programa Marte. Hay incluso otra propuesta en este momento y no tiene ninguna chance frente a Depresión II. ¿Porqué no mandan robots?: es la cantilena habitual. Y una vez más es el difunto von Braun quien da la respuesta. Una de las cosas que más le gustaba decir es que no hay ningún explorador informático en el mundo con más de una diminuta fracción del poder que tiene la computadora análoga química conocida como cerebro humano. El 20 de julio de 1969 fue el momento en que la NASA necesitó, más que ninguna otra cosa en el mundo, la Palabra. Pero era algo para lo que los ingenieros no tenían especificaciones. En este momento es la única solución para recuperar el verdadero destino de la NASA, que es, claro, construir ese puente a las estrellas.

Copyright The New York Times y Clarín, 2009. Traducción de Cristina Sardoy

http://www.clarin.com/notas/2009/07/21/_-01962714.htm

07.19.09

ENTREVISTA CON SYGMUNT BAUMAN

Publicado en Lecturas a 12:18 am por posdata

Un mundo nuevo y cruel

Por: Héctor Pavón. Clarín. Revista Ñ. 18 de julio de 2009.

lg-enieEl sociólogo que sacudió a las ciencias sociales con su concepto de “modernidad líquida” advierte, en una entrevista exclusiva, que hay un temible divorcio entre poder y política, socios hasta hoy inseparables en el estado-nación. En todo el mundo, dice, la población se divide en barrios cerrados, villas miseria y quienes luchan por ingresar o no caer en uno de esos guetos. Aún no llegamos al punto de no retorno, dice con un toque de optimismo.

How to spend it…. Cómo gastarlo. Ese es el nombre de un suplemento del diario británico Financial Times. Ricos y poderosos lo leen para saber qué hacer con el dinero que les sobra. Constituyen una pequeña parte de un mundo distanciado por una frontera infranqueable. En ese suplemento alguien escribió que en un mundo en el que “cualquiera” se puede permitir un auto de lujo, aquellos que apuntan realmente alto “no tienen otra opción que ir a por uno mejor…” Esta cosmovisión le sirvió a Zygmunt Bauman para teorizar sobre cuestiones imprescindibles y así intentar comprender esta era. La idea de felicidad, el mundo que está resurgiendo después de la crisis, seguridad versus libertad, son algunas de sus preocupaciones actuales y que explica en sus recientes libros: Múltiples culturas, una sola humanidad (Katz editores) y El arte de la vida (Paidós). “No es posible ser realmente libre si no se tiene seguridad, y la verdadera seguridad implica a su vez la libertad”, sostiene desde Inglaterra por escrito.

Bauman nació en Polonia pero se fue expulsado por el antisemitismo en los 50 y recaló en los 60 en Gran Bretaña. Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad “sólida” hacia otra “líquida”. Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los “diferentes”, los “residuos humanos” de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos. Sobre este mundo cruel y desigual versó este diálogo con Bauman.

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Uno de sus nuevos libros se llama Múltiples culturas, una sola humanidad . ¿Hay en este concepto una visión “optimista” del mundo de hoy?

Ni optimista ni pesimista… Es sólo una evaluación sobria del desafío que enfrentamos en el umbral del siglo XXI. Ahora todos estamos interconectados y somos interdependientes. Lo que pasa en un lugar del globo tiene impacto en todos los demás, pero esa condición que compartimos se traduce y se reprocesa en miles de lenguas, de estilos culturales, de depósitos de memoria. No es probable que nuestra interdependencia redunde en una uniformidad cultural. Es por eso que el desafío que enfrentamos es que estamos todos, por así decirlo, en el mismo barco; tenemos un destino común y nuestra supervivencia depende de si cooperamos o luchamos entre nosotros. De todos modos, a veces diferimos mucho en algunos aspectos vitales. Tenemos que desarrollar, aprender y practicar el arte de vivir con diferencias, el arte de cooperar sin que los cooperadores pierdan su identidad, a beneficiarnos unos de otros no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias.

Es paradójico, pero mientras se exalta el libre tránsito de mercancías, se fortalecen y construyen fronteras y muros. ¿Cómo se sobrevive a esta tensión?

Eso sólo parece ser una paradoja. En realidad, esa contradicción era algo esperable en un planeta donde las potencias que determinan nuestra vida, condiciones y perspectivas son globales, pueden ignorar las fronteras y las leyes del estado, mientras que la mayor parte de los instrumentos políticos sigue siendo local y de una completa inadecuación para las enormes tareas a abordar. Fortificar las viejas fronteras y trazar otras nuevas, tratar de separarnos a “nosotros” de “ellos”, son reacciones naturales, si bien desesperadas, a esa discrepancia. Si esas reacciones son tan eficaces como vehementes es otra cuestión. Las soberanías locales territoriales van a seguir desgastándose en este mundo en rápida globalización.

Hay escenas comunes en Ciudad de México, San Pablo, Buenos Aires: de un lado villas miseria; del otro, barrios cerrados. Pobres de un lado, ricos del otro. ¿Quiénes quedan en el medio?

¿Por qué se limita a las ciudades latinoamericanas? La misma tendencia prevalece en todos los continentes. Se trata de otro intento desesperado de separarse de la vida incierta, desigual, difícil y caótica de “afuera”. Pero las vallas tienen dos lados. Dividen el espacio en un “adentro” y un “afuera”, pero el “adentro” para la gente que vive de un lado del cerco es el “afuera” para los que están del otro lado. Cercarse en una “comunidad cerrada” no puede sino significar también excluir a todos los demás de los lugares dignos, agradables y seguros, y encerrarlos en sus barrios pobres. En las grandes ciudades, el espacio se divide en “comunidades cerradas” (guetos voluntarios) y “barrios miserables” (guetos involuntarios). El resto de la población lleva una incómoda existencia entre esos dos extremos, soñando con acceder a los guetos voluntarios y temiendo caer en los involuntarios.

¿Por qué se cree que el mundo de hoy padece una inseguridad sin precedentes? ¿En otras eras se vivía con mayor seguridad?

Cada época y cada tipo de sociedad tiene sus propios problemas específicos y sus pesadillas, y crea sus propias estratagemas para manejar sus propios miedos y angustias. En nuestra época, la angustia aterradora y paralizante tiene sus raíces en la fluidez, la fragilidad y la inevitable incertidumbre de la posición y las perspectivas sociales. Por un lado, se proclama el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron); por otro lado, todo lo que ya se ganó y se obtuvo es nuestro “hasta nuevo aviso” y podría retirársenos y negársenos en cualquier momento. La angustia resultante permanecería con nosotros mientras la “liquidez” siga siendo la característica de la sociedad. Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad. Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal… Todo indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a cambio de mayor seguridad.

Esto nos llevaría a otra paradoja. ¿Cómo maneja la sociedad moderna la falta de seguridad que ella misma produce?

Por medio de todo tipo de estratagemas, en su mayor parte a través de sustitutos. Uno de los más habituales es el desplazamiento/trasplante del terror a la globalización inaccesible, caótica, descontrolada e impredecible a sus productos: inmigrantes, refugiados, personas que piden asilo. Otro instrumento es el que proporcionan las llamadas “comunidades cerradas” fortificadas contra extraños, merodeadores y mendigos, si bien son incapaces de detener o desviar las fuerzas que son responsables del debilitamiento de nuestra autoestima y actitud social, que amenazan con destruir. En líneas más generales: las estratagemas más extendidas se reducen a la sustitución de preocupaciones sobre la seguridad del cuerpo y la propiedad por preocupaciones sobre la seguridad individual y colectiva sustentada o negada en términos sociales.

¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes?

El filósofo británico John Gray destacó que “los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (…) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas.” Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar “una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización”, todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción “cíclica” y “lineal” del tiempo y a volver a un modelo “puntillista”: el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de “momentos”, cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro “big bang”, pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo.

Es una época en la que los miedos tienen un papel destacado. ¿Cuáles son los principales temores que trae este presente?

Creo que las características más destacadas de los miedos contemporáneos son su naturaleza diseminada, la subdefinición y la subdeterminación, características que tienden a aparecer en los períodos de lo que puede llamarse un “interregno”. Antonio Gramsci escribió en Cuadernos de la cárcel lo siguiente: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”. Gramsci dio al término “interregno” un significado que abarcó un espectro más amplio del orden social, político y legal, al tiempo que profundizaba en la situación sociocultural; o más bien, tomando la memorable definición de Lenin de la “situación revolucionaria” como la situación en la que los gobernantes ya no pueden gobernar mientras que los gobernados ya no quieren ser gobernados, separó la idea de “interregno” de su habitual asociación con el interludio de la trasmisión (acostumbrada) del poder hereditario o elegido, y lo asoció a las situaciones extraordinarias en las que el marco legal existente del orden social pierde fuerza y ya no puede mantenerse, mientras que un marco nuevo, a la medida de las nuevas condiciones que hicieron inútil el marco anterior, está aún en una etapa de creación, no se lo terminó de estructurar o no tiene la fuerza suficiente para que se lo instale. Propongo reconocer la situación planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Gramsci, “lo viejo está muriendo”. El viejo orden que hasta hace poco se basaba en un principio igualmente “trinitario” de territorio, estado y nación como clave de la distribución planetaria de soberanía, y en un poder que parecía vinculado para siempre a la política del estado-nación territorial como su único agente operativo, ahora está muriendo. La soberanía ya no está ligada a los elementos de las entidades y el principio trinitario; como máximo está vinculada a los mismos pero de forma laxa y en proporciones mucho más reducidas en dimensiones y contenidos. La presunta unión indisoluble de poder y política, por otro lado, está terminando con perspectivas de divorcio. La soberanía está sin ancla y en flotación libre. Los estados-nación se encuentran en situación de compartir la compañía conflictiva de aspirantes a, o presuntos sujetos soberanos siempre en pugna y competencia, con entidades que evaden con éxito la aplicación del hasta entonces principio trinitario obligatorio de asignación, y con demasiada frecuencia ignorando de manera explícita o socavando de forma furtiva sus objetos designados. Un número cada vez mayor de competidores por la soberanía ya excede, si no de forma individual sin duda de forma colectiva, el poder de un estado-nación medio (las compañías comerciales, industriales y financieras multinacionales ya constituyen, según Gray, “alrededor de la tercera parte de la producción mundial y los dos tercios del comercio mundial”).

La “modernidad líquida”, como un tiempo donde las relaciones sociales, económicas, discurren como un fluido que no puede conservar la forma adquirida en cada momento, ¿tiene fin?

Es difícil contestar esa pregunta, no sólo porque el futuro es impredecible, sino debido al “interregno” que mencioné antes, un lapso en el que virtualmente todo puede pasar pero nada puede hacerse con plena seguridad y certeza de éxito. En nuestros tiempos, la gran pregunta no es “¿qué hace falta hacer?”, sino “¿quién puede hacerlo?” En la actualidad hay una creciente separación, que se acerca de forma alarmante al divorcio, entre poder y política, los dos socios aparentemente inseparables que durante los dos últimos siglos residieron –o creyeron y exigieron residir– en el estado nación territorial. Esa separación ya derivó en el desajuste entre las instituciones del poder y las de la política. El poder desapareció del nivel del estado nación y se instaló en el “espacio de flujos” libre de política, dejando a la política oculta como antes en la morada que se compartía y que ahora descendió al “espacio de lugares”. El creciente volumen de poder que importa ya se hizo global. La política, sin embargo, siguió siendo tan local como antes. Por lo tanto, los poderes más relevantes permanecen fuera del alcance de las instituciones políticas existentes, mientras que el marco de maniobra de la política interna sigue reduciéndose. La situación planetaria enfrenta ahora el desafío de asambleas ad hoc de poderes discordantes que el control político no limita debido a que las instituciones políticas existentes tienen cada vez menos poder. Estas se ven, por lo tanto, obligadas a limitar de forma drástica sus ambiciones y a “transferir” o “tercerizar” la creciente cantidad de funciones que tradicionalmente se confiaba a los gobiernos nacionales a organizaciones no políticas. La reducción de la esfera política se autoalimenta, así como la pérdida de relevancia de los sucesivos segmentos de la política nacional redunda en el desgaste del interés de los ciudadanos por la política institucionalizada y en la extendida tendencia a reemplazarla con una política de “flotación libre”, notable por su carácter expeditivo, pero también por su cortoplacismo, reducción a un único tema, fragilidad y resistencia a la institucionalización.

¿Cree que esta crisis global que estamos padeciendo puede generar un nuevo mundo, o al menos un poco diferente?

Hasta ahora, la reacción a la “crisis del crédito”, si bien impresionante y hasta revolucionaria, es “más de lo mismo”, con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa no estén aún del todo agotadas: un esfuerzo por recapitalizar a quienes prestan dinero y por hacer que sus deudores vuelvan a ser confiables para el crédito, de modo tal que el negocio de prestar y de tomar crédito, de seguir endeudándose, puedan volver a lo “habitual”. El estado benefactor para los ricos volvió a los salones de exposición, para lo cual se lo sacó de las dependencias de servicio a las que se había relegado temporalmente sus oficinas para evitar comparaciones envidiosas.

Pero hay individuos que padecen las consecuencias de esta crisis de los que poco se habla. Los protagonistas visibles son los bancos, las empresas…

Lo que se olvida alegremente (y de forma estúpida) en esa ocasión es que la naturaleza del sufrimiento humano está determinada por la forma en que las personas viven. El dolor que en la actualidad se lamenta, al igual que todo mal social, tiene profundas raíces en la forma de vida que aprendimos, en nuestro hábito de buscar crédito para el consumo. Vivir del crédito es algo adictivo, más que casi o todas las drogas, y sin duda más adictivo que otros tranquilizantes que se ofrecen, y décadas de generoso suministro de una droga no pueden sino derivar en shock y conmoción cuando la provisión se detiene o disminuye. Ahora nos proponen la salida aparentemente fácil del shock que padecen tanto los drogadictos como los vendedores de drogas: la reanudación del suministro de drogas. Hasta ahora no hay muchos indicios de que nos estemos acercando a las raíces del problema. En el momento en que se lo detuvo ya al borde del precipicio mediante la inyección de “dinero de los contribuyentes”, el banco TSB Lloyds empezó a presionar al Tesoro para que destinara parte del paquete de ahorro a los dividendos de los accionistas. A pesar de la indignación oficial, el banco procedió impasible a pagar bonificaciones cuyo monto obsceno llevó al desastre a los bancos y sus clientes. Por más impresionantes que sean las medidas que los gobiernos ya tomaron, planificaron o anunciaron, todas apuntan a “recapitalizar” los bancos y permitirles volver a la “actividad normal”: en otras palabras, a la actividad que fue la principal responsable de la crisis actual. Si los deudores no pudieron pagar los intereses de la orgía de consumo que el banco inspiró y alentó, tal vez se los pueda inducir/obligar a hacerlo por medio de impuestos pagados al estado. Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad de consumo y crédito. La “vuelta a la normalidad” anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todos modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás; aún hay tiempo (poco) de reflexionar y cambiar de camino; todavía podemos convertir el shock y la conmoción en algo beneficioso para nosotros y para nuestros hijos.

Traduccion: Joaquin Ibarburu

05.03.09

INFLUENZA

Publicado en Videos a 8:54 pm por posdata

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