11.30.08
Una necesaria asociación con China
POR TIMOTHY GARTON ASH
La escéptica y obstinada potencia asiática no comparte el entusiasmo de Occidente por Obama. La única forma de evitar un choque entre dos visiones del mundo es un compromiso profundo
EL PAÍS – DOMINGO – 30-11-2008.
Me dicen que, en chino, obamamanía podría quizá decirse aoba ma kuang re; pero la verdad es que he encontrado muy poca en Pekín. El viajero que llega de un Occidente eufórico por la perspectiva de la presidencia de Obama se lleva un chasco en la capital de la potencia emergente más importante del mundo. He hablado con algunos jóvenes a los que les gusta bastante -porque es joven, representa el cambio y no es el occidental blanco clásico-, pero las reacciones de otras personas de más edad y que conocen la política exterior china van desde la seriedad hasta la suspicacia, pasando por el escepticismo.
De hecho, China es uno de los pocos lugares del mundo que tal vez lamenten la marcha del presidente George W. Bush. Aunque Bush, en 2001, inició sus relaciones con China en un tono irritable y de rivalidad, desde que los atentados del 11-S dejaron al descubierto la existencia de un enemigo inmediato y cruel, la relación entre los dos países ha sido más sólida que nunca; mucho más sólida que la que hay entre Europa y China, aún fragmentaria.
Es posible que haya además otro motivo más retorcido. Dado todo lo que Bush ha conseguido dañar la reputación e influencia de Estados Unidos en la mayor parte del mundo, China, llena de dinamismo económico, ha visto su imagen salir bien parada en comparación. Ahora que Obama promete restablecer la autoridad moral, el poder blando y el atractivo de EE UU en el mundo, China tendrá que esforzarse mucho para mantener su relumbre posolímpico internacional.
Los internacionalistas progresistas quizá aleguen que no se trata de todo o nada; pero un internacionalismo progresista como el que ahora está abandonando su exilio en think tank para volver a la Casa Blanca no es la actitud habitual en Pekín. Aquí, las voces de los pragmáticos cautelosos se mezclan con las de los realistas, para quienes los intereses nacionales de China, su desarrollo económico y su situación en el mundo, ocupan el primero, segundo y tercer lugares en la lista de prioridades. Algunos politólogos chinos dirán también que no tienen nada que temer, por así decir, de una competencia ideológica renovada. Después de la crisis sufrida este otoño por el capitalismo estadounidense de libre mercado, ¡que el mundo compare los modelos de China y Estados Unidos! No obstante, no tengo la sensación de que esa confianza esté muy arraigada.
En lo que todos están de acuerdo es en que hay varios temas polémicos que podrían sacudir la relación de China con Estados Unidos -y con Europa- desde los primeros momentos de la presidencia de Obama. Hablan de las dos tes: las relaciones comerciales [trade es comercio en inglés] y Tíbet. Yo voy a añadir otras dos: Taiwan y Tiananmen (es decir, los derechos humanos, sobre todo ahora que se van a cumplir 20 años de los sucesos de la plaza de Tiananmen, en junio de 1989). Es decir, cuatro tes.
La cuestión más urgente para Estados Unidos es la de las relaciones comerciales. Teniendo en cuenta que el paquete de estímulos fiscales del Gobierno chino, de 600.000 millones de dólares, todavía va a tardar en hacerse sentir, y dado que la reacción instintiva de los consumidores chinos a una crisis no es precisamente gastar más, la economía china seguirá dependiendo de las exportaciones para sostener su crecimiento, incluso al nivel previsto en la actualidad, más bajo. Pero, a medida que en Estados Unidos se despida a más trabajadores, y puesto que Obama prometió, en su campaña, crear más puestos de trabajo para los estadounidenses, no hay duda de que en EE UU se alzarán cada vez más voces pidiendo proteccionismo. Si las voces exigen unos criterios más estrictos de protección laboral y ambiental en los acuerdos comerciales, pueden contar con que el nuevo presidente hará caso: son dos cosas que le preocupan mucho. Y si Hillary Clinton es designada secretaria de Estado después de las fiestas de Acción de Gracias, los chinos se preocuparán un poco más, porque, en este aspecto, su programa era aún más duro que el de Obama.
Mientras tanto, el espectro de Tíbet ha vuelto a rondar las relaciones entre chinos y europeos. Muchos chinos (no sólo las autoridades, sino los internautas nacionalistas) se resienten todavía, hasta un punto que a la mayoría de los europeos seguramente le molesta, de las protestas en favor de Tíbet cuando la antorcha olímpica pasó por París y Londres. Pero muchos europeos (más los internautas internacionalistas que las autoridades) se resienten todavía, hasta un punto que a la mayoría de los chinos seguramente le molesta, de lo sucedido en Tíbet. La opinión pública está levantisca en ambos bandos.
En esta situación tan inflamable, el Gobierno chino tomó el miércoles pasado la decisión de posponer una cumbre UE-China que debería celebrarse en Francia el lunes 1 de diciembre y en la que iba a participar el primer ministro chino, Wen Jiabao. Al parecer, la razón principal es que el presidente Nicolas Sarkozy va a entrevistarse con el Dalai Lama a finales de la próxima semana, durante la conmemoración del 25º aniversario de la concesión del Premio Nobel de la Paz a Lech Walesa. Además, está previsto que el Nobel tibetano hable ante el Parlamento Europeo y se entreviste con otros dirigentes europeos. Parece increíble y absurdo que una relación estratégica tan importante como la que hay entre China y la UE corra peligro por este asunto. Al fin y al cabo, la relación entre China y Estados Unidos está prosperando pese a que el presidente Bush no sólo se ha entrevistado con el Dalai Lama, sino que intervino personalmente en la decisión de concederle la Medalla de Oro del Congreso. Y este aplazamiento unilateral de los chinos logrará seguramente el efecto contrario al deseado, porque afianzará una postura común de la UE favorable a recibir al líder tibetano.
Es decir, uno de los cuatro factores T mencionados ya ha atraído algunas nubes tormentosas, incluso antes de que salga por completo el sol de Obama sobre el horizonte. ¿Cómo podemos evitar que las cosas empeoren en el futuro? En parte, preparándonos para estas turbulencias, pero también ampliando el contexto. Deberíamos aprovechar el momento de esperanza que representa la llegada de Obama y empezar a trabajar con China en una asociación estratégica que incluya cuatro grandes proyectos de lo que yo llamo realismo visionario: un orden económico mundial reformado y fortalecido, un enfoque multilateral y multidimensional del desarrollo (que englobe el comercio, la ayuda, el buen gobierno, la transparencia, la democracia y el imperio de la ley), la energía y el medio ambiente (un elemento central del programa de Obama) y, por último, pero no menos importante, la interrupción de la proliferación nuclear. Podríamos llamarlos las cuatro es, de estrategias. Son cosas en las que merece la pena trabajar y que, hoy en día, Occidente sólo puede sacar adelante con China, no en contra de China. Son además maneras de hacer que las relaciones bilaterales en general sean más sólidas y puedan resistir los efectos negativos de las cuatro tes.
Cuando digo que “deberíamos empezar a trabajar con China”, quiero decir exactamente eso. No la vieja historia de que Occidente elabore una serie de propuestas y luego se las presente a China, sino que intentemos colaborar con China desde el principio para construir posiciones estratégicas comunes.
Algunos dicen que China todavía no puede o no quiere comprometerse estratégicamente, más allá de las necesidades externas que requiere directamente su propio desarrollo interior. Otros dicen que Europa no es capaz de aclararse. No son pocos los que sospechan que incluso el Estados Unidos de Obama estará más preocupado por una lista de prioridades más urgentes. Tal vez tengan todos razón. Pero la tarea del comentarista analítico no es dejarse llevar por las realidades inmediatas y descartar tantas cosas que acabe escribiendo un informe como el que podría elaborar un funcionario precavido en un mal día. La función del comentario -no la única, pero sí una de ellas- es hacer que los políticos levanten la vista por encima de la bandeja de urgente en sus mesas y vean otros objetivos más amplios que son difíciles pero no imposibles de conseguir.
Después de la bofetada del miércoles, quizá parezca iluso, pero, a veces, los tropiezos tienen consecuencias positivas inesperadas. Precisamente porque los riesgos que implican las cuatro tes son tan evidentes es por lo que necesitamos seguir trabajando en las cuatro es. Y espero que esto se pueda traducir a la grafía china.
www.timothygartonash.com. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Periodismo para desenmascarar la injusticia
Encubierto, Günter Wallraff ha diseccionado en cientos de reportajes la Alemania oculta
Un hombre se encadena en un poste de luz en el centro de Atenas para protestar por los presos políticos, la falta de libertades, los atropellos del gobierno. Es 10 de mayo de 1974, plena dictadura de la junta militar fascista griega. En cuestión de minutos aparece la policía y lo apresa. Lo torturan. El hombre había tomado medicamentos para soportar lo más posible el dolor. Cuando los verdugos empiezan a arrancarle la primera uña de un pie habla. “Confiesa” que se llama “Hans” Wallraff y que se solidariza con la oposición antifascista. Es encarcelado.
Las autoridades no sospechan siquiera que han metido a sus calabozos a un reportero encubierto. Su primer nombre, en realidad, es Günter. Amigo de exiliados griegos en Alemania, el “periodista indeseable” formaba parte del Comité de Solidaridad con los disidentes helenos y había descubierto la colaboración secreta del gobierno alemán con la junta castrense en Atenas.
Empieza el juicio en su contra. Enfrenta una condena de al menos dos años. En su comparecencia ante los jueces –todos militares– los insulta: prostitutos de la CIA que tienen más tanques que cerebro, dinosaurios en uniforme, les dice. Los saca de sus casillas. Después logra hacer llegar al extranjero, clandestinamente, las transcripciones del juicio que se transmiten, íntegras, por la BBC de Londres y la Deutsche Welle. El gobierno le reduce la sentencia a 14 meses; tiene prisa en expulsar a Wallraff de Grecia.
El resultado de esta acción es el documental El fascismo de al lado, golpe mayúsculo para la dictadura, socia de las democracias de la OTAN.
Como un moderno Till Eulenspiegel –popular bufón de la literatura medieval germana que se burlaba y sacaba al sol los trapos sucios de la aristocracia–, el periodista encubierto se ha inventado decenas de personajes como éstos y ha lanzado decenas de acciones de wallraffeo, verbo que ha sido incorporado al diccionario alemán. Estudia largamente su rostro y el papel que va a asumir. Crea cuidadosamente su leyenda. Se maquilla y se prueba decenas de pelucas y anteojos, se mete en el rol, como un actor consumado. “Sé que ya estoy dentro de mi papel cuando empiezo a soñar con ese otro yo. Generalmente son pesadillas de que descubren mi verdadera identidad antes de tiempo.”
Su tema central es la injusticia. Su obsesión, quitarle la máscara a la hipocresía del sistema laboral alemán. “La Constitución alemana –explica– tiene una orientación muy humanista, siendo el país donde se cometió el peor crimen contra la humanidad. El primer artículo establece que la dignidad del hombre es intocable. Pero en la realidad, hay dos Alemanias.”
La oculta, la de abajo, ha sido diseccionada en centenares de reportajes bajo su firma. Cabeza de turco, como se conoce en español su experiencia como obrero turco en el complejo automotriz de Thyssen (Ganz Unten, hasta abajo, es su nombre en alemán) y El periodista indeseable son los únicos libros suyos que circulan en México.
Cada rol, cada nuevo engaño a la clase patronal, ha generado un reportaje de implacable denuncia, uno y varios libros, documentales y próximamente una película. Inevitablemente, también provoca largas, costosas y tediosas sesiones frente a los jueces.
Titulares a modo
En algún lugar de Alemania, una mujer se suicida. El tabloide sensacionalista Bild Zeitung se solaza con la historia: “Por una depresión primaveral, afanadora se mata con su propio martillo”. Su marido, acosado por las burlas de sus vecinos y la hostilidad de la familia de su mujer, que considera que la ridiculizó públicamente, también se suicida. ¿Cómo reporteó Bild esta historia? Pues enviando a sus reporteros, disfrazados de policías, a interrogar a los familiares.
Desde la redacción, alguien descubre cómo el drama de la mujer es distorsionado en la mesa de redacción para ajustarlo a un titular más llamativo. En realidad, la mujer se había ahorcado, víctima de una crisis depresiva.
Como esta, decenas de historias falseadas destruyen vidas y reputaciones de los ciudadanos. Pero Bild vende más de un millón de ejemplares cada semana. Hasta que un día, sin saberlo, mete al enemigo en casa. Contrata a un reportero con un nombre falso, que además de cumplir órdenes tramposas y sucias de su editor, investiga las entrañas de esta publicación. Al cabo de un año, sale a la luz pública El titular. Autor: Günter Wallraff.
Se inició uno de los juicios legales más prolongados y escandalosos por difamación, usurpación de identidad, allanamiento de morada y varios cargos más. Wallraff debe pagar miles de euros para sostener su alegato legal: que la casa Springer Presse, que publica el diario, comete asesinato moral.
Diez años después publica otro libro más: El manual de Bild. Las nuevas denuncias superan al libro anterior, ya que a lo largo del proceso, recibe decenas de cartas de personas que han padecido el manejo amarillista de la revista. Cuando gana el juicio, Wallraff financia a varias víctimas de difamación en otras tantas demandas legales. El libro va en su undécima edición y cada versión contiene nuevas denuncias.
Porque este es uno de sus principios: dar seguimiento en sus casos; ser un actor y partícipe de las crisis que provoca hasta las últimas consecuencias.
Engañar a cambio de un salario
Una mañana cualquiera, Michael G. llega a su trabajo, el call center “ZIU Institut”, en una torre de oficinas en Colonia. Ha recibido un intensivo entrenamiento por parte de sicólogos que le han enseñado cómo engañar con éxito: hablar sin parar, someter al cliente potencial a una tormenta de ideas con cortes rápidos de un tema a otro para impedirle pensar con claridad. Jamás pedir datos de manera directa. Ejemplo: nunca diga ¿me da el número de su cuenta bancaria? En su lugar diga: “Bien, ahora vamos a tomar sus datos”. Poco a poco la víctima se ve envuelta en el engaño. Puede ser que del otro lado de la línea esté un jubilado a punto de comprometer todo lo que le queda de fondos para terminar su vida. No importa. Se le paga por número de clientes engañados.
Menos mal que Michael G., que en realidad es Wallraff, apunta los números de sus víctimas y por la noche, desde su casa, les vuelve a llamar para aconsejarles cómo retractarse de las compras inútiles y contratos abusivos. Cuando sale el documental, ZIU lo demanda por usurpación de funciones y personalidad. Él se declara culpable. En medio del escándalo transcurre el juicio. La oficina del consumidor lo declara “un caso no grave”. El dueño de la empresa reconoce: “Sí, mi negocio se basa en el engaño. Pero otros engañan más que yo.” Finalmente, pierde y tiene que pagar una multa de 750 mil dólares. Se le ordena cerrar el call center. Se va de Colonia pero se instala en Turquía, España, Holanda y la India. Desde ahí sigue vendiendo mentiras.
El periodista encubierto revela que los empleados de este tipo de compañías, en su mayoría estudiantes que así pagan sus carreras, no soportan la presión de la mala conciencia y que 80 por ciento abandona el empleo antes de año y medio con síndrome de burn out (desgaste) o adicción a alguna droga.
Napalm y los buenos católicos
Durante los años de la guerra en Vietnam, un fabricante de sustancias químicas –Wallraff, naturalmente– recibe una oferta, un contrato muy jugoso (falso) a cambio de fabricar napalm para subcontratistas del ejército estadunidense. El hombre es muy católico y entra en conflicto. Para lavar su conciencia, consulta con varios clérigos y teólogos, gente de la alta jerarquía, incluso funcionarios del Vaticano. Todos –excepto dos– le aconsejan firmar el contrato. Uno de ellos alega: “Mire, mi obispado tiene grandes viñedos. ¿Qué culpa tenemos nosotros si el vino de esas uvas lo venden y beben las prostitutas en los bares de mala muerte?”. Otro asegura que el napalm ayudará a acortar la guerra. “Lo malo, claro, es que entre los vietnamitas hay algunos buenos católicos. Bueno, pero ya llevaremos obras de caridad a esa gente, con sus donaciones, por supuesto”. Solamente un joven capellán de Francfort y un teólogo suizo le dijeron: “No lo haga, es un crimen”.
Proyecta involucrarse en la defensa del gremio, acorralado por el crimen organizado
México, en la mira del periodista alemán Günther Wallraff
■ “Las historias deben tener impacto en la realidad, hay que provocar al enemigo”
De la mejor tradición del periodismo germano, Günther Wallraff es, ante todo, un incansable narrador de historias. En un taller de periodismo ofrecido durante esta su primera visita a México, engarza una tras otra sus acciones como periodista encubierto. Esta es una de las más increíbles.
Se la debe, dice, a un pastor alemán. Data de los días posteriores a la revolución de los claveles (1975), en Portugal. Había escuchado que un grupo de militares del viejo régimen organizaba una contrarrevolución en el norte del país. Y hacia allá se fue con una amiga. Entraron a un bar donde se reunían los fascistas. En la barra había un hombre con un perro echado a sus pies. La amiga se acercó a hacerle plática al dueño del can, quien resultó ser un activista de la ultraderecha. Ellos se presentaron como partidarios del bávaro Franz Josef Strauss, sin saber que en esos días el viejo partido nazi alemán apoyaba la conspiración contra la revolución portuguesa. El activista contrarrevolucionario se tragó el embuste y se abrió. Con él viajaron a las montañas del norte y visitaron los campamentos de conspiradores.
Ya de regreso a Alemania, Wallraff recibió una llamada inesperada. Su “contacto” portugués le anunció la llegada del “general Walter”. A toda prisa, el reportero indeseable armó su “grupo de ultraderecha” con un conjunto de amigos. Cuando fueron al aeropuerto a recibir al conspirador portugués, su sorpresa fue mayúscula: el tal “Walter” era nada menos que el general António de Spínola, alto militar de la dictadura salazarista. Iba a Alemania a comprar armas para la sublevación. Durante las falsas negociaciones que escenificaron Wallraff y sus amigos, obtuvieron una detallada lista de objetivos terroristas, participantes en el complot y, efectivamente, la confirmación de la participación de Strauss en el plan. El libro La revelación de la conspiración portuguesa fue un escándalo político mayor. El primer ministro Willy Brandt responsabilizó a Strauss. Suiza encarceló a De Spínola, y Wallraff sumó un bestseller más a su lista en 1976.
“Subgénero literario”
En la clasificación de los germanos, los géneros literarios no se dividen en textos de ficción o no. Catalogan lo que llaman “alta literatura” y “subgéneros literarios”. Y el trabajo documental de Wallraff lo ubican en este último.
“Sí –dice el periodista indeseable–, vengo de la tradición narrativa germana. Más allá de wallraffear (personificación, enmascaramiento o encubrimiento para penetrar en ámbitos hostiles), lo que me importa es contar historias. Al sentarme a escribir, mi desafío es dominar el arte de la acción. Tengo que ser un investigador riguroso, reunir datos y pruebas documentales de todo lo que quiero denunciar y sacar a la luz. Es indispensable, porque sé que después tendré que enfrentarme ante los tribunales a mis acusadores, quienes tratan de desmentirme y destruirme. Pero la documentación rigurosa no impide que vuelque mis sentimientos, emociones y opiniones en los escritos. Y cuando termino, no me lavo las manos y me voy. Me quedo a ver qué pasa.”
Sigue –explica– un precepto de Bertold Brecht; “las historias deben tener impacto en la realidad. Es como jugar ajedrez: hay que provocar al enemigo, obligar al malvado a salir de su madriguera para exponerlo. La diferencia es que esto es mucho más que un juego. Hay consecuencias y costos que pagar”.
En su caso, el costo son las múltiples demandas penales y las campañas de linchamiento que ha tenido que enfrentar. A menudo la prensa comercial ha colaborado alegremente en la difamación del autor. Como el titular que publicaron los periódicos de la editora Axel Springler –su archienemiga– en 2003: “Wallraff colaboró con la Stasi”, la policía secreta del régimen comunista de la Alemania Democrática (RDA). Se trataba de expedientes desclasificados que, antes de ser entregados al comunicador afectado o a las autoridades correspondientes, fueron filtrados a la prensa. Wallraff tuvo que librar una larga batalla legal para obtener copias de los expedientes para elaborar su defensa.
Finalmente pudo demostrar ante los jueces que nunca colaboró con ese aparato represivo, sino que, por el contrario, había intentado investigar del otro lado del muro los archivos que contenían pruebas sobre políticos nazis con cargos políticos en la República Federal Alemana y la situación de los presos políticos en la RDA, por lo que él había sido víctima de espionaje y censura.
Todo ello sin dejar de reconocer que considera vivo y vigente el pensamiento de Karl Marx, aun a la luz del mundo actual. “Leí su obra muy joven y creo que sus análisis son muy lúcidos, aunque no comparto sus profecías por esquemáticas. Me alejé de las modas de los izquierdistas de mi generación y siempre he pensado que si Marx viviera, hubiera condenado las atrocidades que se cometieron en su nombre.”
En otra época se sintió más cerca de la socialdemocracia alemana. “Porque Willy Brandt fue un político excepcional; ningún otro gobernante ha estado a su altura. Lamentablemente, el Partido Social Demócrata cortó las raíces de esa tradición. Basta ver lo que hoy día es Gerhard Schroeder, el ex primer ministro, ¡socio de Vladimir Putin en la empresa de Gazprom! ¿Medio raro, no?”
El siquiátrico desde adentro
Un día, una mujer llama a la policía para denunciar que su marido, un alcohólico violento, la va a agredir, y pide que el hombre sea encerrado. Al poco tiempo llega la ambulancia y se lo lleva al hospital siquiátrico. El paciente es Wallraff, quien desea conocer la dura realidad de los manicomios desde adentro. La mujer, su esposa, cómplice en la nueva “acción” wallraffeana.
Nunca imaginó qué tan dura sería su vida en los meses siguientes, evitando tomar los sedantes, compartiendo la sordidez con todo tipo de enfermos mentales –graves y no tanto– en manos de médicos insensibles y enfermeros sin capacitación. Fue tan intensa la experiencia, que el reportero cayó en una fase depresiva real. Cuando su esposa lo quiso rescatar ya no lo dejaban partir, pues en efecto había enfermado.
Hoy Wallraff se ríe: “recomendaría a quien quisiera hacer algo parecido que antes vaya a firmar un acta ante notario que certifique que está sano”.
Wallraff ha sido monje en un convento de Baviera, alcohólico en un siquiátrico, inmigrante del sur en el norte racista, traficante de indocumentados, fabricante de armas, peregrino en Nicaragua, preso político en Grecia, obrero en media docena de fábricas, portero y chofer. No ha conseguido todo lo que ha deseado. Quiso ser negro en Soweto, pero fue disuadido. Quiso entrar al partido nazi, pero fue rechazado. Lo descubrieron antes de tiempo. También se quiso emplear en la IBM. No lo aceptaron. Hoy, a sus 66 años, sigue probándose disfraces, realizando deportes extremos, defendiendo siempre a los más débiles, alérgico a la high society. Ahora tiene a México en la mira. Quiere involucrarse en la protección del gremio, acorralado por las guerras del crimen organizado.
Porque Wallraff cree a pie juntillas en un dicho de Bertold Brecht: “el crimen tiene nombre y dirección”.
La reforma del Estado y la Constitución
Por Arnaldo Córdova
La Jornada. Domingo 30 de noviembre de 2008.
Hace unos días, Porfirio Muñoz Ledo dio un informe acerca del estado que guarda el debate político sobre la reforma del Estado. Aunque hay algunos avances que no son deleznables, deprime darse cuenta de que tras años de intentos por definir los grandes temas de esa reforma, una y otra vez, todos han acabado en miserables simulaciones que no han hecho otra cosa que escamotear los más sencillos acuerdos y escurrir el bulto a un debate a fondo. Lo que se ve, sin más, es que a nadie le interesa de verdad esa reforma y que todos gozan haciéndose tontos tratando de dar la impresión, en cambio, de que están muy atareados en la faena.
Lo que más a menudo se alega para relegar al infinito cualquier acuerdo es siempre el mismo: para hacer eso habría que reformar la Constitución y, al parecer, nadie quiere tocar la Constitución, aduciendo, además, verdaderas patrañas sin sentido como aquella de que sería una bronca convocar a un Constituyente. Se trata de una auténtica idiotez, porque todo buen jurista sabe que para reformar la Carta Magna no hace falta convocar ningún Constituyente. Se dice que hay “principios” que son intocables y se habla de la forma de gobierno, de las garantías individuales, de la forma republicana de Estado y otras cosas semejantes.
Yo quisiera que alguien, con la Constitución en la mano, me señalara en dónde nuestro máximo código político ordena que esos “principios” jamás se deben tocar. Los más eminentes de nuestros constitucionalistas siempre lo dijeron, pero jamás nos dieron una sola razón que apoyara sus opiniones. Rabasa, Tena Ramírez, Mario de la Cueva y todos los que les siguieron lo postularon sin tregua, con el mismo resultado: “No se deben cambiar”, ¿por qué?, pues quién sabe. Todos ellos estaban equivocados. Lo que estatuye el artículo 135 constitucional no está acompañado de prohibición o excepción alguna.
Dice dicho artículo: “La presente Constitución puede ser reformada o adicionada. Para que las adiciones o reformas lleguen a ser parte de la misma, se requiere que el Congreso de la Unión, por el voto de las dos terceras partes de los individuos presentes, acuerde las reformas o adiciones, y que éstas sean aprobadas por la mayoría de las legislaturas de los Estados. El Congreso de la Unión o la Comisión Permanente, en su caso, harán el cómputo de los votos de las legislaturas y la declaración de haber sido aprobadas las adiciones o reformas”. Por lo que puedo ver, no dice que haya artículo alguno que no pueda reformarse. Y, por lo demás, ningún artículo de la Carta Magna nos dice que no puede ser reformado.
Y, por si alguna duda quedara al respecto, tenemos el contenido del artículo eje de todo nuestro orden constitucional e institucional, el 39, que siempre recordaré y que a la letra dice: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho a alterar o modificar la forma de su gobierno”. Si es verdad que tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno, ¿qué nos impide que llevemos a fondo todas las reformas del Estado que la nación necesite y que sean para su progreso y su beneficio?
¿De dónde sacan algunos, entonces, la peregrina idea de que hay instituciones, como la forma de Estado, que resultan intocables? No hay nada intocable en nuestra Carta Magna, nada, excepto el 39. Ese precepto fundador es, en sí, nuestra Constitución, y sin él, ni siquiera el 135 tendría sentido. La Constitución no es ningún obstáculo para que llevemos a cabo una reforma a fondo y hasta el final del Estado. Creo que es ella misma la que la está reclamando, por ejemplo cuando estatuye las facultades del Ejecutivo, que iban bien para la época en que el PRI era hegemónico, pero que ahora resultan obsoletas. La Constitución pierde su majestad y su prestigio cuando se vuelve obsoleta. ¿Por qué demonios quieren algunos que siga como una mortaja intocable que cada vez le sirve menos a la nación y a su pueblo?
No creo que haya misión tan imposible como convocar a un Constituyente. Los partidos deben entender que no tienen por qué meterse en el espantoso dilema de concertar acuerdos para dicha convocatoria, cuando muy bien y de mejor modo lo pueden hacer en corto, simplemente aplicando el procedimiento, sencillo como pocos otros, que prescribe el 135.
Aun así, sus voceros insisten en que el camino seguirá estando minado, porque será terriblemente difícil ponerse de acuerdo en qué es lo que debe reformarse. De acuerdo. Entonces, lo que nos están diciendo es que no quieren, en absoluto, una auténtica reforma del Estado. Pues, en esas condiciones, no habrá modo alguno de llevar a cabo la tarea. Los partidos no quieren la reforma del Estado. No podía estar más claro. Lo que me pregunto es por qué siguen jugando a la farsa de reformar el Estado, cuando no quieren hacerlo. Es inútil que aleguen que cada uno quiere algo diferente. Por supuesto que todo mundo quiere siempre algo diferente a los demás, pero es el caso que ni siquiera son capaces de decir qué es lo que quieren. No debería extrañarnos. En la lucha política moderna siempre se descubre que los más conservadores y miedosos son los partidos políticos.
Un viejo amigo mío me dijo que le oyó a Jean Paul Sartre decir varias veces: “Las putas más veleidosas y antojadizas que podemos encontrar en la vida son los partidos políticos”. Creo que todos podríamos coincidir en eso. Es precisamente en ello que radica entre nosotros la razón de las dificultades que parecen ser insuperables de una verdadera y auténtica reforma del Estado.
Todos la queremos y todos sabemos que nos es necesarísima e indispensable para seguir adelante en todos nuestros proyectos nacionales. Pero eso no es lo que piensan los partidos políticos y, menos aún, sus dirigentes y sus voceros, desde los parlamentos. Yo he platicado con muchos representantes de todos los partidos políticos y todos me hacen siempre argumentaciones tan especiosas y tan diluidas, que lo primero que pienso es que no quieren que nada se mueva, porque para ellos, todo lo que se mueve es peligroso y sospechoso. Mejor que todo siga como está, parece ser su convicción (perredistas incluidos).
En próximas entregas seguiré con el tema, pues hoy es obligado.