08.24.08
La inevitable renovación de los periódicos
Ana Carbajosa. El País (España). 23/08/2008.
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Internet y la crisis publicitaria obligan a la prensa a adaptarse a un nuevo modelo de negocio
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Los diarios ‘online’ amenazan los formatos tradicionales y la manera de contar las noticias.
Leer estos días las noticias sobre la marcha de los periódicos en Estados Unidos se ha convertido en un ejercicio casi morboso; en lo más parecido a hojear las páginas de esquelas: cierres de diarios, despidos en masa de periodistas y desplomes de las acciones de las empresas en la Bolsa. Las últimas semanas han sido especialmente sangrientas con el anuncio de la supresión de 80 puestos de trabajo en el Chicago Tribune, 250 en Los Angeles Times y 130 en el Milwakee Journal Sentinel, al que de poco le ha servido el Pulitzer que ha ganado este mismo año.
Ese reguero de cadáveres periodísticos empieza a sentirse también en Europa, donde a la fuga de la publicidad a Internet se le suma una crisis económica que espanta a los anunciantes. En Reino Unido, el reciente anuncio de Trinity Mirror -al frente de más de 150 cabeceras incluido el Daily Mirror- de que prescindirá de 65 puestos en la redacción “es un reflejo de lo que ha sucedido y seguirá sucediendo a los periódicos en EE UU”, decía esta semana Roy Greenslade en su blog de The Guardian. También en Reino Unido, meca del periodismo europeo, el precio de las acciones de las empresas ha caído a la mitad desde hace un año. Y en España, los diarios perdieron un 30% de su facturación por publicidad, según las últimas cifras de mayo, mientras el incremento de anuncios en las ediciones electrónicas no consigue ni de lejos compensar las pérdidas del papel.
Este panorama ha llevado a no pocos expertos a predecir la muerte o la desaparición de gran parte de los periódicos tal y como hoy los conocemos. Los pésimos resultados, más allá de la crisis, tienen que ver con la necesidad de un cambio de modelo de negocio en las empresas periodísticas, dicen. Y algunos, como el reputado analista Philip Meyer, se han aventurado a pronosticar una fecha de defunción: 2043. Otros hablan tenebrosamente de “los próximos años”.
Pero, ¿es tan mala la situación? ¿Quiere decir que los periódicos pasarán a mejor vida? ¿Cuáles están mejor preparados para soportar las embestidas del mercado? ¿Cómo afectarán los cambios en la prensa escrita a la salud democrática de las sociedades?
Si en algo coinciden los expertos es en que no todos los periódicos morirán. Pero también en que todos deberán transformarse para sobrevivir en una era en la que la gente, más que nunca, quiere leer historias, aunque no en los formatos que han dominado la prensa 300 años. Hay que ponerse manos a la obra ante un cambio que, dicen, no tiene por qué ser a peor. Alertan de que saldrán ilesos los periódicos que se adapten antes y mejor a los ritmos y demandas de la Red, los que acometan la mediamorfosis y logren cautivar a los internautas (y, así, a los anunciantes).
“Sí, el periódico de la era industrial agoniza. Pero el que morirá será sólo el de papel como hoy lo conocemos. Dará paso a un nuevo modelo”, dice Rosental Alves, profesor de periodismo en la Universidad de Austin (Tejas) y pionero en periodismo digital. Y se explaya en la dramática situación de la prensa en su país de acogida, donde muchas ciudades han perdido el único periódico que tenían. “Lo que se ha roto este año en EE UU es el modelo de negocios. La gente, sin embargo, tiene más apetito informativo que nunca. Nunca los periódicos han llegado a tanta gente como ahora, gracias a Internet”. Datos de abril de este año corroboran su tesis. 66,4 millones de personas consultaron los diarios digitales durante el primer cuatrimestre de 2008; un 12,3% más que el año anterior, según la Newspaper Association of America. Es la mayor cifra desde que empezaron a medirse en 2004.
Las rupturas económicas en EE UU tienen la mala costumbre de replicarse en Europa. La semana pasada, la prensa británica vivió en la Bolsa la peor etapa que se recuerda. Después de que Trinity Mirror anunciara que sus beneficios se reducirían un 10% respecto a lo esperado, sus acciones sufrieron una caída del 25%. Las de Johnson Press, el mayor grupo de periódicos regionales, cayeron un 10%. Incluso las de Pearson, propietario del prestigioso Financial Times, se situaron en su nivel más bajo en los últimos 12 meses. “Asistimos a una crisis que afecta a todas las economías desarrolladas. Se trata de una erosión del modelo de negocios que cambiará profundamente, se fragmentará. Hay que olvidarse de los grandes diarios con enormes beneficios”. El que habla desde Londres es Andrew Gowers, director hasta 2005 del Financial Times, del que se fue diciendo que los periódicos se habían vuelto tan obsoletos como los discos de vinilo. Gowers, que apenas seis años antes osó sacar un nuevo diario en Alemania -FT Deutschland- justifica su decisión porque en el sector “todo ha cambiado muy rápido”.
En esencia, el cambio obedece a los nuevos hábitos y deseos de unos ciudadanos que quieren estar informados, pero que cada vez más prefieren sentarse al ordenador. Y los anunciantes, claro, siguen su senda. Recientes cálculos de Zenith Optimedia indican que el porcentaje de las empresas de publicidad que se dedican a la prensa escrita ha caído un 7,6% en la última década en el mundo. Y pronostican que los anunciantes seguirán cayendo hasta 2010, mientras que en la Red distintos estudios hablan de un crecimiento de dos dígitos. A Internet se han movido también los clasificados (Craiglist ha fagocitado los anuncios de vivienda, empleo…) fundamentales para los ingresos de la prensa estadounidense, aunque no tanto para la europea.
La gran cuestión es si los periódicos en papel aguantarán la caída de su publicidad. Y habrá que ver qué publicaciones serán capaces de atraer el número suficiente de lectores para mantener una edición impresa, una vez descartada la política de suscripciones, inviable en el mundo de la abundancia informativa, y a la que incluso ha renunciado parcialmente ampliando sus contenidos gratuitos The Wall Street Journal, el rey de los periódicos online con más de un millón de suscripciones.
Otro punto en el que coinciden los expertos es en que se va a producir un trasvase de recursos y de periodistas de las ediciones impresas a las digitales, y muchos recomiendan la llamada “integración”: plantillas únicas que proporcionen contenidos al margen del soporte. “Si ahora la proporción es de 20 a 1, se trata de dar la vuelta a la tortilla”, apunta Mark Potts, reportero y editor en diarios antes de cofundar el WashingtonPost.com. Ahora se dedica a asesorar a las publicaciones mutantes y sienta cátedra desde su blog, Recovering Journalist.
Jeff Jarvis, otro reconocido bloggero, es de los que creen que lo que está pasando es bueno para el periodismo y para la sociedad. “El periodismo en Internet puede ser mejor. Se puede actualizar con más frecuencia, la gente puede participar”. Eso sí, alerta del peligro de que los recién llegados a la Red se dejen seducir por la inmediatez de los medidores de audiencias y acaben amarilleando los contenidos.
Esta crisis del modelo de negocios supone una oportunidad para que los periódicos se reorganicen y se vuelvan más eficientes, dice Jarvis, profesor de periodismo interactivo de la Universidad de Nueva York y cuyo blog, Buzzmachine, se ha convertido en un referente para los que se interesan por el futuro de la prensa. Asesora a grandes como The Guardian, la BBC, o The New York Times, y defiende el concepto de ciudadano-periodista, capaz de suplantar a reporteros locales, por ejemplo. “El periodismo ha dejado de ser un club cerrado donde unos cuantos daban lecciones a los demás. Hemos ganado en democracia”, sostiene. Y recomienda a los periodistas vigilar de cerca la Red, los blogs, los foros de discusión. “Allí es donde la gente dice qué es lo que le interesa”.
Y, como otros expertos, cita el ejemplo del Huffington Post, una suerte de diario digital que arrasa en EE UU, en el que participan bloggeros de toda índole y lectores. Por ahí van los tiros, sostiene. Por ahí y por un nuevo modelo de negocios fragmentado, con múltiples actores informativos, no necesariamente muy grandes, pero que consigan estar presentes en links por toda la Red de manera que los lectores se topen con ellos y acaben dirigiéndose a su página. Las del futuro próximo serán páginas de información en las que los lectores aportarán los contenidos. Si el dramaturgo Arthur Miller definió en 1961 un buen periódico como “una nación hablando consigo misma”, los periódicos del futuro generarán una conversación nacional frenética.
Jarvis, como otros, sostiene que la crisis golpeará con mucha más fuerza a las cabeceras regionales. Que los grandes diarios nacionales, junto con las publicaciones hiperlocales, se salvarán. Aún así, para unos y otros recomienda la especialización. Los periódicos ya no pueden pretender cubrir todo. “Los tiempos en los que 15.000 periodistas van a la convención de un partido político en la que no pasa nada, sólo para que el medio pueda decir que ha estado allí, se han terminado. Tienen que centrarse en lo que mejor hacen”, dice.
Para Meyer, premio Pulitzer y padre del periodismo de precisión, lo que los periódicos hacen mejor que nadie es descubrir noticias, investigar, mantener a raya al poder político y al económico. “Tienen que dedicarse a crear un diálogo inteligente con ciudadanos y élites políticas. Sólo así rentabilizarán su producto”, dice desde Carolina del Norte.
Aún así, reconoce que muchas publicaciones lo van a tener muy crudo y apunta a nuevas tendencias en EE UU, como la de los filántropos dedicados a rescatar empresas informativas. Es el caso de Propublica, fundación dedicada al periodismo de investigación en la Red. Y también el de propietarias de publicaciones como The Christian Science Monitor, o, en Europa, The Guardian.
“El problema es que en España este modelo no triunfará porque no tenemos esa cultura de la filantropía”, advierte Juan Varela, consultor de medios de comunicación en varios países y editor del blog Periodistas 21. Considera la situación española preocupante. El éxito de las promociones en los diarios de pago ha permitido ingresos potentes por publicidad en los últimos años, dice, y ha mitigado una tendencia que hacía estragos en el resto del mundo desarrollado.
Pero las vacas flacas ya están aquí. El descenso de la publicidad en la prensa escrita de pago es imparable. “Este año va a ser clave en la crisis; se va a notar mucho el frenazo económico y muchos anunciantes que ahora se retiran, cuando vuelvan se pasarán a las ediciones online”. Hace, sin embargo, de la necesidad virtud. “Gracias a los problemas financieros los periódicos van a atreverse a dar el salto al mundo digital. Eso sí, algunos -entre ellos las segundas y terceras cabeceras regionales- se quedarán por el camino”, advierte.
Sólo se salva Asia
Mientras bajo el epígrafe RIP la página web newspaperdeathwatch.com da cuenta de las defunciones periodísticas en Estados Unidos, en Asia proliferan las nuevas cabeceras. Es la única región donde el periódico en papel gana adeptos. Al menos, eso es lo que indican las cifras que presentó la World Newspapers Association (WAN) hace dos meses. Para asombro de los alicaídos directores de diarios de medio mundo, el director general de la WAN, Timothy Balding, desveló durante el pasado congreso mundial de periódicos las optimistas estadísticas que hablan de una subida del 2,6% de la circulación en 2007.
China e India, donde se venden 107 millones de ejemplares al día, son los principales responsables de esta subida, mientras en Europa (1,9%) y en Estados Unidos (3%) la circulación sigue bajando. Las cifras muestran el rápido crecimiento de la publicidad en Internet, donde el año pasado subió un 32%.
Lejos de insuflar ánimo, las cifras de la WAN causaron el rechazo en parte de los asistentes al congreso, que acusan a la asociación de irresponsable y de tratar de dar una imagen del estado de la prensa que no concuerda con la realidad. “El exceso de optimismo puede ser dañino”, advierte el profesor de periodismo en la Universidad de Texas, Rosental Alves, quien augura a las publicaciones que nacen ahora en China e India una corta vida.
El crecimiento económico de estos países ha creado nuevos lectores, pero muchos de ellos consumen prensa gratuita y no necesariamente de calidad y, por otro lado, la revolución tecnológica pegará fuerte en esos países donde el móvil está a la orden del día, advierte Alves. “Pasarán de leer el periódico en papel a leerlo en el teléfono en muy poco tiempo”, vaticina.
08.16.08
Hacia la berlusconización de Europa
ZOUHIR LOUASSINI. EL PAÍS (ESPAÑA). 16/08/2008.
El periodista Indro Montanelli, que era de derechas, se equivocó al pronosticar que la elección de Berlusconi sería útil. “Ese hombre es una enfermedad: sólo se cura con una vacuna. Una buena inyección de Cavaliere como primer ministro para inmunizarnos”. Sin embargo, el pueblo italiano le ha votado no dos, sino tres veces. “El pueblo” admira a este hombre. También se equivocaba Montanelli al insistir en que “los italianos no son capaces de virar hacia la derecha sin la cachiporra”, en referencia al fascismo. Esta derecha berlusconiana no necesita cachiporras, tiene las televisiones.
Si la demagogia es la degeneración de la democracia, aceptemos que la Italia berlusconiana es el reino de todas las demagogias posibles. Crisis económica, basuras en Nápoles, crimen organizado, corrupción en las más altas instancias. Pero el nuevo Gobierno italiano ha identificado de inmediato las causas de todos los males del país: los inmigrantes y los niños gitanos. Espero que las decisiones consiguientes no se tomen con el fin de enderezar Europa, como ha declarado il Cavaliere, que la ha encontrado cambiada tras sus dos años de ausencia. “Europa sin Tony Blair, Aznar, Chirac y yo mismo ha perdido personalidad y protagonismo y ha retrocedido”. Más claro imposible.
Cuando Silvio Berlusconi promete enderezar Europa, eso significa, en su diccionario, que en Italia ya se han alcanzado los objetivos propuestos. Tenía una receta para el país y la ha aplicado. Deseaba un país sin normas, sin espíritu crítico, con individuos adormecidos en una pasividad carente de significado. Y lo ha conseguido en dos decenios. Un proyecto nacido con la creación de su imperio mediático. Con el control de los medios de comunicación, le ha sido fácil obtener el consenso con el que sueñan numerosos políticos. Cuando Berlusconi habla de Europa, sus palabras se toman a la ligera. De hecho, con su lenguaje “colorido”, hace que todo parezca menos serio de lo que es. Racismo, xenofobia y machismo se convierten en opiniones, en bromas. Es la misma técnica que se utiliza desde siempre en sus medios: acostumbrar a la gente a este tipo de discursos hasta convertirlos en normales. Se trata de que no haya obstáculos. La democracia debe perder toda su fuerza. Debe enfermar. Hay que acabar con toda posibilidad de defensa, que a veces se apoya exclusivamente en el uso de un lenguaje comedido, respetuoso hacia el otro. El lenguaje que Berlusconi y su entorno llaman con desprecio “políticamente correcto”.
Por eso, cuando Berlusconi habla de enderezar Europa, hay que tomarle en serio. Se ha dado cuenta de las dificultades de adaptar Italia a las reglas del juego europeo y, en vista de ello, ha decidido adecuar Europa al modelo italiano. Adaptar la realidad a su medida. Si ha funcionado en Italia, ¿por qué no intentar “exportarlo” a toda Europa? En el fondo, es un gran empresario. Y está creando imitadores. ¿Qué creen que es Sarkozy, más que un alumno de la escuela de Berlusconi? Ése es el sueño del Cavaliere: una Europa a su imagen y semejanza.
La cuestión de la inmigración podría ser un buen ejemplo para demostrar que Europa se está volviendo cada día más berlusconiana. El berlusconismo es un modo de analizar el mundo, una auténtica filosofía. En vez de afrontar el problema con seriedad, basta con soltar unos cuantos eslóganes. Para los inmigrantes ilegales, leyes estrictas. La cárcel, por ejemplo. ¿Vamos a explicar después al pueblo el miedo que puede dar la idea de unos años en prisión a una persona que está dispuesta a morir para huir del hambre o la persecución?
Para hacer frente a la caída libre de su popularidad, Sarkozy propone la creación del búnquer europeo: blindar la Unión para dejar fuera a la inmigración indiscriminada. Una de las cuatro prioridades para los seis meses de presidencia francesa de la UE. Su “contrato de integración” es, en este sentido, una obra maestra, la apoteosis de la demagogia. Una muestra de berlusconismo de alto nivel. La idea de que alguien pueda integrarse sólo por haber firmado un contrato es producto de una imaginación que no comprende ni qué es la inmigración ni qué significa la pobreza. Hace muchos años, cuando colaboraba con la iglesia de Tánger en Marruecos, fui testigo de la cantidad de personas dispuestas a convertirse al catolicismo a cambio de un visado para entrar en España. Si la gente está dispuesta a cambiar de religión, ¿por qué no va a firmar una hoja de papel?
En situaciones extremas, las personas están dispuestas a firmar todos los contratos posibles, a aceptar infinitas humillaciones, pero es evidente que eso no va a resolver la situación de la inmigración ni las incomodidades de la población local. En un mundo globalizado, afrontar la cuestión de la inmigración con eslóganes y demagogia puede aumentar la popularidad de quien los utiliza, pero no ayuda a resolver nada.
Sólo con una visión abierta del mundo y aceptando la realidad actual podremos derrotar el verdadero mal: la pobreza. Cerrar las puertas de Europa es una fantasía, una gran mentira. Por el contrario, el berlusconismo, que está invadiendo el Viejo Continente, es una realidad consolidada; y el problema es “su capacidad de mentira casi conmovedora -como decía Montanelli-, porque el primero que se cree sus propias mentiras es él”.
*Zouhir Louassini es periodista marroquí y trabaja en la Radiotelevisión Italiana (RAI). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
08.10.08
Las identidades cerradas
Por Manuel Jiménez de Parga*
ABC (España). Domingo, 10-08-08.
NO me gusta la palabra «glocal», aunque sea un invento japonés acogido por Roland Robertson, en las décadas de los noventa, con el fin de explicar la simbiosis entre lo local y lo global. Y es que se destacan dos teorías, más o menos rigurosas, sobre las fronteras que delimitan la existencia de quienes habitamos en este mundo. Según algunos observadores, hacemos la vida en grupos autónomos, de fronteras claras, con criterios y hábitos de comportamiento diferentes de los que definen a los vecinos. Serían los localistas, nosotros frente a ellos. Otros observadores opinan, por el contrario, que las sociedades modernas se articulan con una gran movilidad; existe una variedad de creencias dentro de ellas y una pluralidad de identidades. Lo global predominaría.
En naciones de estructura compleja, como es la española, las sucesivas generaciones de una misma familia pueden haber nacido en sitios distintos y adquirir educaciones diferentes. Se confirma la tesis de la movilidad. El abuelo fue gallego, el hijo castellano y el nieto catalán. Los andaluces no conocemos las fronteras dentro de España. Unos hacen su vida en el sitio en el que la iniciaron y otros a centenares de kilómetros de distancia.
Pero lamentablemente, como explica bien Alfred Grosser, en el interior de las naciones se percibe ahora una evolución hacia las identidades reductoras: «Hombres y mujeres de pertenencias múltiples se aferran a una de ellas, sea como consecuencia de una identificación impuesta desde fuera, sea por la exasperación de un sentimiento de pertenencia exclusiva».
La identidad reductora se alimenta, día a día, con una transmisión parcial del pasado. Se desvirtúan los hechos y se enseña interesadamente lo que ocurrió. No sólo se opera así en determinadas zonas de España, sino que la desfiguración o la ocultación de la historia es práctica habitual en los pueblos europeos. Por ejemplo, en las escuelas francesas no se menciona que la prosperidad de Burdeos, o de Nantes, se debió en buena parte a los beneficios económicos que proporcionó la trata de negros.
La educación, tanto en la familia como en los colegios, es un factor determinante de ciertas identidades cerradas que ahora nos preocupan. Las denominadas «memorias colectivas» nunca son un legado de hechos objetivamente considerados. Se acentúan las noticias con gran parcialidad. Y son inevitables los resultados rebosantes de fanatismo.
Con motivo de la celebración del fin de la Guerra Mundial, el 8 de mayo de 1995, se realizó una encuesta en diversas regiones de Alemania. La pregunta común fue qué ejército había contribuido más a la derrota del régimen hitleriano. En la parte occidental, el 69 por ciento de los interrogados contestó que el ejército norteamericano, mientras que en la parte oriental el 96 por ciento destacó el protagonismo de las tropas de la Unión Soviética. Todos los encuestados eran alemanes, pero unos habían sido adoctrinados en la República Federal y otros en la República Democrática.
La «memoria colectiva», habitualmente desfigurada, no puede ser estimada una auténtica «memoria», si por tal se considera lo que se retiene y recuerda de lo vivido directamente por uno. Acontecimientos remotos, anteriores a nuestro nacimiento, forman parte de un legado que con frecuencia se nos trasmite tendenciosamente.
Sin embargo, la «memoria colectiva» es la que sirve para identificar retrospectivamente las naciones. Se cita como muy significativa la rápida reconstrucción, en pleno régimen de Stalin, de los palacios de Pedro el Grande y de la Gran Catalina, una vez reconquistado Leningrado después de los terribles combates con las tropas de Hitler. En este caso prevaleció la valoración de la patria rusa sobre el comunismo. La restauración de los monumentos de los zares servía para dar apoyo a la memoria colectiva de la grandeza nacional.
Se prefiere generalmente guardar memoria de las acciones positivas, valiosas, de los antepasados. Los sucesos negativos interesan menos. ¿Pero acaso no nos enseñó Renan que las naciones se forman con la adhesión a un pasado de glorias y remordimientos?
El recuerdo de los sucesos poco gratos impulsa, sin embargo, la mejoría de los pueblos. Con tal propósito, en Estados Unidos se rememora la casi exterminación de los indios, en Suiza empieza a reconocerse la complicidad de sus autoridades con el nacionalsocialismo alemán, en Japón se cuestionan los crímenes cometidos en China durante la guerra y en los Países Bajos se ha abierto un debate acerca de los atropellos de los colonizadores de Indonesia.
La educación familiar, la escolar y la universitaria fueron durante un largo tiempo los factores decisivos, los auténticos generadores, de las identidades de los grupos, entre ellos las naciones y las regiones. Ahora ganan en eficacia otras influencias.
Allá por los años 60 del siglo XX tomé parte en un acto público donde se nos imputó a los catedráticos de Universidad la responsabilidad del creciente apartamiento de los jóvenes del régimen franquista. Unos cuantos profesores, ante unas docenas de estudiantes, éramos los culpables de las desviaciones ideológicas de la juventud española.
Tal acusación tenía una fácil réplica. ¡Qué podíamos hacer nosotros frente a la poderosa televisión en manos del Gobierno! La formación de las conciencias, y la deformación de ellas, pasaron a otros predicadores.
Las identidades cerradas se crean y se alimentan cotidianamente por los medios de comunicación. Millones de receptores de mensajes son víctimas de manipulaciones más o menos programadas. Es la era de la televización de lo público.
A partir de 1960 el ejercicio de todos los poderes (poderes culturales, religiosos, económicos, políticos) se formaliza por medio de la televisión. No se trata de un nuevo poder, sino del instrumento que proporciona la máxima eficacia al ejercicio de cualquier poder. Las identidades reductoras -y las abiertas- pueden fomentarse desde la pequeña pantalla. Estamos sometidos, en cierto modo, a una tiranía de la televisión.
Otra tiranía que soportamos actualmente es la tiranía de las encuestas. La publicación de unas cifras moviliza voluntades. No importa la seriedad y solvencia de la investigación social si el resultado es presentado a bombo y platillo. Se asegura que una comunidad desea una cosa, desde el incremento de su autonomía a su independencia, y el que lee la encuesta queda convencido.
Pero en el siglo XXI se esperan revoluciones, mayores aún, en la forma de relacionarse los seres humanos. Ya atisbamos los efectos de Internet. El teléfono móvil ha cambiado las nociones de tiempo y espacio, así como el modo de trabajar. No sabemos del futuro de las identidades reductoras, pero acaso lo que hoy son fronteras nacionales mañana parecerán líneas de términos municipales.
Tal vez lleve razón Dominique Schnapper cuando escribe en La Compréhension sociologique: «Las sociedades modernas se fundan en la movilidad de los hombres, la pluralidad de sus fidelidades y de sus abandonos, la pluralidad de sus identidades». ¿Es el futuro «glocal»? Por el momento nos abruman las identidades cerradas. ≈
*MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.